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sobre Castillonuevo
Uno de los pueblos menos poblados; aislado en el límite con Aragón en un entorno natural salvaje
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El coche avanza despacio por la carretera estrecha que sale de Sangüesa. A los lados, campos de cereal que en primavera se mueven como una tela verde bajo el viento. Cuando el asfalto empieza a subir ligeramente aparece Castillonuevo: unas pocas casas de piedra alineadas en la loma, tejados rojizos, muros gruesos que han visto muchos inviernos.
El turismo en Castillonuevo no tiene nada que ver con monumentos ni con pueblos llenos de gente. Aquí lo primero que se percibe es el silencio. A veces lo rompe el viento que cruza los campos o el sonido seco de las ruedas sobre la grava al aparcar. El núcleo es pequeño —muy pequeño— y en pocos minutos entiendes que la escala del lugar es otra.
El pueblo ronda los 770 metros de altura y está rodeado por tierras de cultivo. Cuando el aire viene del campo trae olor a tierra removida o a cereal madurando, según la época. Caminando sin rumbo aparecen detalles que piden que te acerques: una portada con escudo gastado, piedras de distintos tamaños en el mismo muro, vigas de madera oscurecidas por el tiempo.
La iglesia y las casas de piedra
En el centro del núcleo se levanta la iglesia parroquial, dedicada a San Martín. No domina el paisaje con grandes proporciones, pero su torre marca la referencia visual cuando uno se acerca por la carretera.
Los muros son sobrios, de piedra clara, y la portada acusa bien el paso de los años: aristas redondeadas, juntas desgastadas por la lluvia y el viento. En un pueblo tan pequeño, el edificio sigue siendo el punto alrededor del que se organiza todo.
Alrededor, las casas muestran distintas épocas. Algunas conservan escudos labrados en la fachada, recuerdo de familias que tuvieron cierto peso en la zona. Otras han sido reparadas con materiales más recientes, pero mantienen la estructura original: portones grandes, muros gruesos, ventanas pequeñas pensadas para el frío del invierno.
Si te detienes un momento, se oyen cosas muy concretas: una puerta que golpea con el viento, algún tractor trabajando en los campos cercanos, el crujido de la grava al caminar.
Caminos entre cereal
De Castillonuevo salen varios caminos agrícolas que enseguida se abren hacia el paisaje de la comarca de Sangüesa. No son senderos señalizados como tal; son pistas de trabajo que utilizan los agricultores.
En primavera el cereal todavía está verde y cubre las lomas como una alfombra irregular. En verano cambia a tonos dorados y el calor aprieta más de lo que parece desde el coche. En otoño, tras la cosecha, el terreno queda desnudo y se ven mejor los surcos y las ondulaciones del terreno.
Subiendo un poco por cualquiera de estos caminos se entiende bien dónde está el pueblo: una pequeña línea de casas sobre la colina, rodeada por campos abiertos que se pierden hacia el horizonte.
Cuándo acercarse
Primavera y otoño suelen ser los momentos más agradables para caminar por los alrededores. El viento sigue presente, pero las temperaturas permiten moverse sin prisa.
En verano conviene evitar las horas centrales del día: hay muy poca sombra y el calor se acumula en los caminos de tierra. A primera hora de la mañana o al caer la tarde la luz cambia por completo el color de las piedras y de los campos.
En invierno no es raro que el viento sople con fuerza en esta zona alta, y las heladas pueden hacer incómodo el paseo si no vas bien abrigado.
Cómo llegar
Castillonuevo está a pocos kilómetros de Sangüesa, conectado por carreteras locales. Desde Pamplona el trayecto ronda los cincuenta kilómetros, primero por vías rápidas y después por tramos más tranquilos.
La carretera final es estrecha pero suele tener muy poco tráfico. Conviene conducir sin prisa, sobre todo en los últimos kilómetros.
En el pueblo no hay comercios ni servicios turísticos, así que lo práctico es pasar antes por Sangüesa u otra localidad cercana si necesitas comprar algo o comer. Llevar agua y calzado cómodo ayuda si te apetece caminar por los caminos agrícolas que rodean el núcleo.