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sobre Ezprogui
Municipio despoblado en gran parte; incluye el señorío de Guetadar y Ayesa en un entorno natural aislado
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A las nueve de la mañana, el sol todavía no ha entrado en el valle. Ezprogui duerme entre nieblas, con apenas medio centenar de vecinos repartidos en casas de piedra que parecen haber salido del mismo terreno. Desde el cruce de carreteras, el pueblo se ve pequeño, casi accidental: un puñado de tejados oscuros en medio de monte bajo y pinares que ocupan buena parte del término.
La iglesia de Santa Elena espera con sus muros grises. La puerta suele estar abierta y el interior huele a cera y a madera vieja. El retablo barroco, dorado y recargado, contrasta con la sencillez de la nave medieval: una sola nave, fría incluso en verano, donde el silencio se mete en los huesos. La imagen de Santa Elena, atribuida al siglo XVI, tiene esos ojos grandes y serios de muchas vírgenes de la época. Afuera, el campanario apunta al cielo sin prisa, como si aquí el tiempo siguiera midiéndose en estaciones.
Los que se fueron
Caminar por Ezprogui es tropezarse con ausencias. A medio kilómetro, las ruinas de Guetádar aparecen entre robles y matorral. El lugar figura en documentos medievales y durante siglos tuvo cierta entidad; sus vecinos, según la tradición local, gozaban de hidalguía. Hoy quedan paredes caídas, un escudo de armas bastante gastado y la antigua iglesia, que con el tiempo terminó convertida en vivienda. Desde fuera todavía se reconocen los huecos de las ventanas góticas, ahora con cortinas.
Otro nombre que aparece en los mapas antiguos es Julio, hoy despoblado. Sus restos se confunden con la maleza: muros de piedra seca, algún arco derrumbado y un pozo medio cubierto de hiedra. En otoño, cuando los robles de la finca de Sabaiza tiñen el valle de naranja oscuro y marrón, cuesta no imaginar cómo sería la vida aquí hace un siglo: el ruido de los carros, humo saliendo de los hornos, gente cruzando los caminos que ahora apenas se distinguen.
El bosque que fue ganando terreno
La finca de Sabaiza ocupa buena parte del entorno y marca el paisaje. Pinares que crujen con el viento del norte, robledales donde a veces aparecen hayas buscando sombra. Hay caminos que parten del pueblo, aunque no siempre están señalizados. Si preguntas a los vecinos, suelen indicarte por dónde tirar y te avisarán de que en determinadas épocas hay caza mayor por la zona.
En primavera el monte huele a tierra mojada y a romero. La luz entra en claros irregulares y el suelo queda moteado de sombras que se mueven con el viento.
Por la tarde, cuando la niebla vuelve a bajar desde las lomas, Ezprogui se recoge. Se oyen cencerros en algún prado lejano y el motor de un coche que sube despacio por la carretera. En el bar del pueblo —cuando abre— el café llega en tazas de loza gruesa. Las conversaciones giran alrededor del tiempo, del monte, de quién ha pasado por Sangüesa esa mañana. Si entra alguien del lugar, el tono cambia y la charla baja un poco.
Cuándo ir y qué tener en cuenta
Mayo y octubre suelen ser buenos momentos para acercarse a Ezprogui. En primavera el monte está verde y huele a resina; en otoño la luz entra baja y el color de los robles cambia cada pocos días.
En agosto el ambiente puede ser irregular: algunos días hay más movimiento por gente que vuelve al pueblo, otros está todo bastante parado.
Conviene llevar botas. El terreno es pedregoso y muchos caminos se pierden entre matorrales o campos abandonados. Tampoco abundan las fuentes señalizadas, así que es mejor llevar agua si vas a caminar un rato largo.
Desde el mirador de la carretera, antes de marcharte, Ezprogui vuelve a verse pequeño entre el monte. Un grupo de casas rodeadas de bosque y de nombres de pueblos que ya no están habitados. Cuando cae la tarde y sube otra vez la niebla, el valle se cierra y el pueblo desaparece poco a poco entre los robles. Como si siempre hubiera estado así.