Carnavales que no salen en la tele
Cuando alguien dice "carnaval español", la cabeza se va a Cádiz o a Tenerife. Chirigotas, comparsas, disfraces de purpurina. Está bien, pero hay otro carnaval. Uno más viejo, más raro, más difícil de explicar. Son las mascaradas de invierno: rituales que vienen de antes del cristianismo y que sobreviven en pueblos donde el tiempo parece haberse detenido.
Estos carnavales no tienen reinas ni carrozas. Tienen máscaras de madera, cencerros que pesan kilos, rituales de fertilidad apenas cristianizados. Son fiestas de barro, de fuego, de ruido. Fiestas donde los personajes dan miedo de verdad.
Los Peliqueiros de Laza (Ourense)
Laza es un pueblo de 1.500 habitantes en la Galicia interior. Durante el carnaval, sus calles se llenan de peliqueiros: figuras con máscaras sonrientes talladas en madera, trajes de colores chillones y cinturones de cencerros que pueden pesar 20 kilos.
Los peliqueiros corren por el pueblo persiguiendo a la gente con látigos de cuero llamados "zamarra". Es legal, incluso esperado, que te alcancen. Los golpes no son suaves, pero tampoco brutales: es un ritual de purificación disfrazado de juego.
El origen se pierde en el tiempo. Hay quien dice que representan a recaudadores de impuestos medievales. Otros ven ecos de cultos prerromanos. Lo cierto es que no hay nada igual en ningún otro sitio.
Lo más impactante: El Domingo de Piñata, cuando se tira harina, hormigas y barro. Prepárate para acabar hecho un desastre. Es parte del plan.
El Jarramplas de Piornal (Cáceres)
En Piornal, el 19 y 20 de enero (San Sebastián), sale el Jarramplas. Es un personaje vestido con un traje de cintas multicolores y una máscara inquietante de rasgos demoníacos. Su función es recorrer el pueblo tocando el tambor mientras todos, absolutamente todos, le tiran nabos.
Miles de nabos. Toneladas de nabos. El Jarramplas avanza entre el bombardeo, tocando el tambor sin parar, protegido por un casco bajo la máscara pero aun así acumulando golpes. Al final del día, su cuerpo es un mapa de moratones.
El honor de ser Jarramplas se disputa entre los jóvenes del pueblo. Es un cargo de prestigio, una demostración de resistencia física y espiritual. Quienes lo consiguen hablan de ello el resto de su vida.
Dato: Se calcula que se tiran más de 20.000 kilos de nabos. El ayuntamiento los compra y los reparte gratuitamente.
Los Cucurrumachos de Navalosa (Ávila)
Navalosa tiene menos de 200 habitantes, pero su carnaval arrastra visitantes de toda España. Los cucurrumachos son personajes vestidos con pieles de cabra, máscaras con cuernos y cencerros enormes. Persiguen a la gente con vejigas de cerdo infladas, embadurnan de hollín a quien pillan, gritan y saltan.
Es carnaval primitivo, pagano apenas reconvertido. Los cucurrumachos representan el caos del invierno, las fuerzas salvajes que hay que expulsar para que llegue la primavera. Su aparición por las calles del pueblo es intimidante: las máscaras no son simpáticas, los movimientos son agresivos, el ruido es ensordecedor.
Cuándo ir: El sábado de carnaval. El pueblo se llena pero el ambiente es festivo y la gente participa sin reparos.
Los Momotxorros de Alsasua (Navarra)
En Alsasua, el martes de carnaval salen los momotxorros: personajes vestidos de blanco con fajas rojas, portando palos y horcas, con cuernos de vaca en la cabeza. Representan la lucha entre el bien y el mal, persiguen a los "txatxos" (personajes con máscaras de tela) y hacen ruido con caracolas de mar.
La estética es marcial, casi violenta. Los momotxorros avanzan en formación, golpean el suelo con los palos, gritan. Hay algo de danza guerrera, de ritual de paso, de celebración de la fuerza.
El origen es incierto. Algunos lo conectan con las luchas de bandos medievales. Otros ven influencias de carnavales pirenaicos. Sea como sea, es único en Navarra.
El Carnaval de Lantz (Navarra)
Otro carnaval navarro diferente. En Lantz, el protagonista es Miel Otxin, un bandido legendario representado por un muñeco gigante de paja. Durante el carnaval, Miel Otxin es juzgado, condenado y finalmente quemado en la plaza del pueblo.
Antes de la ejecución, los ziripot (personajes hinchados con paja) y los txatxos (enmascarados con harapos) recorren el pueblo causando caos controlado. Es purga colectiva: quemar los males del año para empezar de nuevo.
Lo espectacular: La quema final de Miel Otxin, de noche, con todo el pueblo reunido. El fuego sube y las chispas se pierden en el cielo navarro.
El Carnaval de Bielsa (Huesca)
En Bielsa, el carnaval se llama "Carnaval de la Trangas" y es uno de los más antiguos del Pirineo. Las trangas son personajes con pieles de cabra, cuernos y máscaras terroríficas. Van acompañados de madamas (hombres vestidos de mujer con elegancia), caballets y otras figuras.
El contraste entre las trangas salvajes y las madamas refinadas es la gracia del asunto. Es carnaval de opuestos: civilización y naturaleza, masculino y femenino, orden y caos. Todo convive en las calles estrechas del pueblo durante tres días de fiesta.
Dato curioso: Bielsa fue casi destruido durante la Guerra Civil. El carnaval se recuperó después, lo que dice mucho de lo que significa para el pueblo.
Otros carnavales que merecen la pena
- Antroxu de Gijón (Asturias): Más urbano pero con raíces profundas. Comparsas, charangas y el "Entierro de la Sardina".
- Carnaval de Verín (Ourense): Los cigarróns son los primos de los peliqueiros. Misma estética, diferente pueblo.
- Los Zarramaches de Casavieja (Ávila): Máscaras, pieles y cencerros en la Sierra de Gredos.
- El Gallo de Carnaval de Mecerreyes (Burgos): Se cuelga un gallo de una cuerda y los mozos lo golpean a caballo. Polémico y ancestral.
Por qué estos carnavales importan
Estos rituales tienen miles de años. Sobrevivieron a la romanización, a la cristianización, al franquismo que los prohibió. Siguen ahí porque los pueblos se negaron a dejarlos morir. Cada año, cuando salen los peliqueiros o las trangas, es una pequeña victoria contra el olvido.
Visitarlos es participar en esa resistencia. No como turista que mira desde fuera, sino como parte del bullicio, del barro, del ruido. Estos carnavales te manchan (literalmente) y te cambian. Después de ver un Jarramplas recibir miles de nabos sin dejar de tocar el tambor, los disfraces de purpurina ya no impresionan tanto.
Consejos prácticos
- Ropa vieja: Vas a acabar manchado de hollín, harina, barro o todo a la vez.
- Calzado resistente: Las calles son de piedra y vas a correr.
- Reserva alojamiento: Estos pueblos son pequeños y se llenan. Meses antes.
- Respeta el ritual: Pregunta antes de fotografiar de cerca. No todo es para turistas.