Ruta del vino por La Rioja: pueblos que debes visitar

Ruta por pueblos riojanos donde el vino sabe a tierra

Hay rutas del vino que se hacen para turistas. Y hay otras que siguen el pulso real de La Rioja, esa que despierta con el olor a mosto en septiembre y vive al ritmo de las cepas desde hace siglos. Esta ruta va de lo segundo: ocho pueblos donde el vino no es un reclamo, sino una forma de entender el mundo.

Desde Logrono, la capital regional que combina urbanismo y tradición vinícola, hasta Gimileo, un pueblo de apenas 109 habitantes rodeado de viñedos, cada parada cuenta una historia distinta de la misma obsesión riojana: hacer vino como se debe.

El paisaje cambia poco pero dice mucho: lomas onduladas de cepas, cascos urbanos de piedra arenisca y bodegas que llevan generaciones en las mismas familias. Aquí no encontrarás parques temáticos del vino, sino algo mejor: pueblos que viven de verdad entre viñedos.

Logroño: capital del vino riojano

Logrono no es solo la capital administrativa de La Rioja. Con sus 150.020 habitantes, es el corazón comercial y cultural de una región vinícola que se extiende desde el Ebro hasta las laderas de la Sierra de Cantabria. A 384 metros de altitud, combina el ambiente urbano con esa cultura de calle típicamente riojana que va del café matutino al tardeo entre tapas.

La ciudad se entiende caminando: plazas con movimiento constante, calles donde siempre pasa algo y una arquitectura que mezcla lo histórico con lo funcional. Es el punto de partida ideal para conocer La Rioja vinícola, pero también un destino en sí mismo para quien quiera entender cómo funciona una capital regional que nunca ha perdido su carácter de pueblo grande.

Haro: tradición vinícola riojana

A 479 metros de altitud y con 11.763 habitantes, Haro tiene una sólida reputación vinícola. Aquí la viticultura no es una moda reciente: lleva siglos marcando el paisaje, la economía y hasta el carácter de la gente. Situado en La Rioja Alta, con el Ebro cerca y rodeado completamente de viñedos, el pueblo respira vino desde que amanece.

El casco histórico se recorre bien a pie, entre calles empedradas y plazas donde la conversación gira naturalmente hacia la vendimia, las añadas y el tiempo que hace falta para un buen crianza. Haro tiene esa solemnidad discreta de los sitios que saben lo que hacen bien.

Fuenmayor: donde el vino es paisaje cotidiano

A solo 12 kilómetros de Logroño, Fuenmayor representa esa Rioja más familiar, donde el vino no se explica porque se vive. Con 3.227 habitantes y a 433 metros de altitud, el pueblo se asienta entre viñedos que cambian de color con las estaciones: verdes intensos en primavera, dorados y rojizos cuando llega el otoño.

Paseando por sus calles salen al paso fachadas de piedra arenisca que cuentan historias de familias vinculadas al viñedo durante generaciones. Es ese tipo de pueblo donde el vino no necesita presentación porque forma parte del paisaje diario, del trabajo y de la conversación en la plaza.

Cenicero: entre viñedos y el Ebro

Con 2.017 habitantes, Cenicero vive a la medida del viñedo y del río. Es un pueblo de escala cómoda, de esos que se recorren a pie sin prisas: calles con casonas de piedra, calados tradicionales y bodegas que recuerdan que aquí el vino no es decorado, sino una forma de estar en el mundo.

La Iglesia Parroquial de San Martín de Tours marca el perfil del pueblo, y desde varios puntos se intuye la proximidad del Ebro. Cenicero tiene esa tranquilidad de los lugares que han encontrado su ritmo y no necesitan cambiarlo.

San Asensio: piedra, viñedo y tranquilidad

En La Rioja Alta, San Asensio es un pueblo de viñedo y mucha tranquilidad. Con 1.113 habitantes, calles de piedra y tejados de teja árabe, tiene ese olor a bodega que se nota cuando cae la tarde. Las lomas enteras de cepas que lo rodean explican por qué aquí el vino no es un tema de conversación: es el paisaje.

La Iglesia Parroquial de San Millán marca el perfil del pueblo, y el casco urbano conserva esa arquitectura tradicional riojana que combina funcionalidad con belleza discreta. San Asensio es perfecto para entender cómo vive un pueblo que ha crecido entre viñedos.

Uruñuela: viñedos con la sierra al fondo

Entre viñedos y con la Sierra de Cantabria al fondo, Urunuela lleva el ritmo tranquilo de la Rioja rural. Con 864 habitantes, se asienta en la comarca de Nájera, en un paisaje abierto donde la vid manda y el valle del Ebro se intuye desde varios puntos del término.

El paseo por el pueblo se agradece sin prisas: calles recogidas, fachadas de piedra arenisca y bodegas que llevan funcionando desde que nadie recuerda. Es un buen ejemplo de cómo los pueblos riojanos más pequeños mantienen viva la tradición vinícola sin necesidad de grandes aspavientos.

Ollauri: el pueblo que se recorre andando

En la Rioja Alta, a un salto de Haro, Ollauri es un pueblo pequeño de 311 habitantes y ritmo absolutamente pausado. Se recorre andando en poco rato, y lo mejor no es buscar monumentos, sino fijarse en el paisaje: lomas suaves, caminos entre cepas y ese trasiego discreto que se nota cuando la uva manda en septiembre.

La Iglesia parroquial de San Pelayo marca el centro del pueblo, y desde cualquier punto se ven los viñedos que explican la razón de ser de este rincón de La Rioja. Ollauri demuestra que no hace falta ser grande para tener carácter.

Gimileo: pequeño pueblo entre viñedos

Gimileo es uno de esos pueblos pequeños de La Rioja Alta que se recorren despacio por puro placer. Con 109 habitantes, está a un paso de Haro, rodeado de viñedos y campos de cultivo, y con ese silencio rural que apetece cuando vienes de ciudad.

El interés está en el propio casco urbano: casas tradicionales, calles empedradas y la sensación de que el tiempo pasa de otra manera. Con este tamaño, el plan no va de tachar actividades: va de pasear, mirar y entender por qué La Rioja funciona también a escala humana.

Si solo tienes un día

Si el tiempo apremia, combina Haro como base principal, donde puedes entender la tradición del vino riojano, con una escapada a Ollauri para ver cómo funciona la Rioja más pequeña. Termina en San Asensio para esa sensación de tranquilidad entre viñedos. Son tres escalas que te dan una idea bastante completa de lo que significa vivir del vino en La Rioja.

Cuándo ir

La vendimia (septiembre-octubre) es espectacular pero también la época de más trabajo en los pueblos. Para disfrutar con calma, elige primavera (abril-mayo) o el otoño avanzado (noviembre), cuando los viñedos tienen colores increíbles y la gente tiene más tiempo para conversar. Evita julio y agosto: el calor aprieta y muchos pueblos pequeños se quedan medio vacíos.

Tip práctico: En pueblos como Gimileo u Ollauri, pregunta en el bar o en el ayuntamiento por bodegas familiares que abran por las tardes. Suelen ofrecer visitas más auténticas que las grandes instalaciones turísticas, y las conversaciones acaban siendo mejores que cualquier cata organizada.